Sep 12, 2007

John Gardner escribe…


Este retacito acabo de leerlo y lo posteo para ustedes. Enjoy!

SOBRE LA TRAMA DE UNA NOVELA


Sólo el escritor que ha llegado a comprender lo difícil que es contar una historia de excepcional calidad -sin manipulaciones fáciles, sin romper su continuidad, sin jactancia ni cohibición- está en condiciones de apreciar en su totalidad la "generosidad" de la ficción.

En la mejor ficción narrativa, la trama no es una sucesión de sorpresas, sino una sucesión cada vez más emocionante de descubrimientos, o de momentos de comprensión. Uno de los errores más habituales de los escritores noveles (de los que entienden que escribir novela es contar historias) es creer que la fuerza del relato radica en la información que se retiene, es decir, en que el escritor consiga tener al lector siempre en sus manos, para descargarle el golpe definitivo cuando menos se lo espera. La ficción avara es aquélla en la que el autor se niega a tratar al lector de igual a igual.
Supongamos, por ejemplo, que el escritor ha decidido contar la historia de un hombre que se traslada a vivir a una casa que está al lado de la casa de su hija, una jovencita que no sabe que su nuevo vecino es su padre. El hombre -llamémosle Frank- no le dice a la muchacha -que podría llamarse Wanda- que es hija suya. Se hacen amigos y, a pesar de la diferencia de edad, ella comienza a sentirse atraída sexualmente por él.
Lo que el escritor necio o inexperto hace con esta idea es ocultarle al lector la relación padre-hija hasta el último momento, y al llegar a este punto salta y exclama: "¡Sorpresa!" Si el escritor cuenta la historia desde el punto de vista del padre y se guarda un detalle tan importante, no respeta el tradicional pacto lector-escritor, es decir, le hace una jugarreta al primero.
Por otro lado, si la historia está contada desde el punto de vista de la hija, el recurso es legítimo porque el lector sólo puede saber lo que la chica sabe. Lo que ocurre entonces, sin embargo, es que el escritor hace mal uso de la idea. En esta historia, la hija es simplemente una víctima, puesto que no conoce los hechos que le permitían optar por alternativas, a saber: afrontar sus sentimientos y tomar una decisión, bien aceptando el papel de hija, bien escogiendo violar el tabú del incesto.
Cuando el personaje central es una víctima, no quien actúa, sino sobre quién se actúa, no puede haber auténtica intriga. Es cierto que en la gran narrativa no siempre es fácil distinguir si el personaje central es al mismo tiempo agente. La institutriz de Otra vuelta de tuerca negaría rotundamente que está actuando en complicidad con las fuerzas del mal, pero poco a poco, con gran horror por nuestra parte, nos damos cuenta de que así es. (...)
En el análisis final, la verdadera intriga viene con el dilema moral y la valentía de tomar decisiones y actuar en consecuencia. La falsa intriga proviene de la sucesión absurda y accidental de los acontecimientos. El escritor más hábil o experto proporciona al lector, a su debido tiempo, la información necesaria para comprender la historia, con lo que éste, a medida que lee, en lugar de preguntarse "¿Qué les ocurrirá ahora a los personajes?" lo que se plantea es: "¿Qué hará Frank a continuación?¿Qué diría Wanda si Frank decidiera...?" y así sucesivamente.
Al entrar en la historia de esta forma, el lector siente auténtica intriga, o lo que es lo mismo, auténtico interés por los personajes. Toma parte activa, por secundaria que sea, en el desarrollo de la historia: especula, intenta prever, y como se le ha proporcionado información importante, está en situación de advertir el error si el autor extrae conclusiones falsas o poco convincentes, si fuerza el desarrollo en una dirección que no sería natural, o si atribuye a los personajes sentimientos que nadie tendría de hallarse en lugar de éstos.
(...)La moralidad de la historia de Frank y Wanda no reside en que éstos opten por no cometer incesto o decidan que sí lo cometerán. La buena narrativa no se ocupa de los códigos de conducta -o, en todo caso, lo hace indirectamente- El joven escritor que comprende porqué es más inteligente presentar el caso de Frank y Wanda como una historia de dilema, sufrimiento y necesidad de optar por una u otra alternativa está en situación de comprender la generosidad de la buena narrativa. El escritor inteligente, para conferir fuerza a su relato, confía en los personajes y en el argumento, y no en la treta de guardarse información, ni siquiera en hacerlo al final.
Dicho de otra manera, el escritor procede abiertamente, evoluciona en la cuerda floja, sin red. Y también es generoso en el sentido de que, a pesar de su dominio de las técnicas narrativas, sólo recurre a las que convienen a la historia: es, literalmente, servidor de ésta y no un doncel que utiliza la historia como mera excusa para alardear. Aunque esto no quiere decir que el escritor no conceda importancia a la realización. Las técnicas que emplea porque la historia lo exige las emplea con brillantez. Trabaja totalmente al servicio de la historia, pero con elegancia.
(...) La buena novela, tiene hondura intelectual y emotiva, lo cual significa que una historia cuya idea central sea estúpida, por brillantemente contada que esté, lo será igualmente.
Tomemos un ejemplo sencillo. Un joven periodista descubre que su padre, que es el alcalde de la ciudad y que ha sido siempre un héroe para él, en secreto posee burdeles y sex-shops y practica la usura.¿Descubrirá el pastel el hijo? Sean cuales fueren sus actividades secretas, ha sido el padre de nuestro periodista quién le ha enseñado todos los valores que defiende, entre ellos la integridad, la valentía y la conciencia social. ¿Qué hará el periodista?
¿Y a quién le importa? Como planteamiento es una imbecilidad. Su primer error es que el conflicto que presenta (¿qué es más importante, la integridad o la lealtad personal?) carece de interés. Es tan obvio que la integridad personal se puede someter a las exigencias de un tipo más elevado de integridad, que no vale la pena hablar de ello. Y en el caso de esta historia hipotética, la vileza del padre es de tal calibre que sólo a un tonto le atormentará la duda de si debe o no anteponer la lealtad personal.
El error más grave de esta idea es que no empieza por el personaje, sino por la situación. El personaje es la vida de la novela. El ambiente existe sólo para que el personaje tenga un entorno en el que moverse, algo que ayude a definirlo. El argumento existe para que el personaje pueda descubrir algo de sí mismo, y, en el proceso, revelar al lector cómo es él realmente: el argumento obliga al personaje a decidir y a actuar, lo transforma de estética construcción en ser humano vivo que toma decisiones y paga las consecuencias u obtiene recompensas. (...)
En casi toda buena novela, la forma básica -casi ineludiblemente- de la trama es: un personaje central quiere algo, lo persigue a pesar de la oposición que encuentra (en la que, quizá, se incluyan sus propias dudas) y gana, pierde o se inhibe.

Sep 7, 2007

CUMBRES BORRASCOSAS

Volvemos de tiempos a escribir algo sencillo para este Mixionario. Para nuestros amigos de otros países, para quienes me enviaron correos electrónicos preguntándome si la tragedia del sur del Perú me habría afectado también a mí, les diré que, por suerte (vivo en el norte), estoy bien, aunque como la mayoría de peruanos, me siento acongojado por la numerosa pérdida de seres humanos, miles de enfermos y damnificados… Perú la pasó muy mal. Lo bueno fue la ayuda externa e interna que hasta la fecha persiste y otras cosas más, la unión se ha hecho más estrecha y a pesar de las diferencias existentes en nuestro país entre los sureños y norteños, entre costeños, serranos y selváticos, todos estuvieron (aún están) juntos. La tragedia muchas veces trae cosas positivas. No sé por qué digo esto. Hoy creo que no escribiré algo coherente… en fin, mejor la dejamos ahí.

Quien ha leído el clásico de Emily Bronte, Wuthering Heights (mi amigo Mario me obsequió un ejemplar), sabrá que la historia no queda allí nomás. Para ser breves, sólo diremos que se han hecho films en base a la historia (lo que no abordaremos esta vez, ya que todos lo hacen) y también se han recreado canciones.

Kate Bush (1958) debutó en 1978 con el single Wuthering Heights, que fue número uno en las listas musicales británicas durante cuatro semanas. Esta canción está inspirada en la novela de Bronte. En ella se describe al vengativo Heathcliff y su hermana Cathy, el amor y el odio, igual que en la novela, pero recontra reducido, como ustedes podrán apreciar (siempre y cuando al menos hayan leído el argumento de Cumbres Borrascosas).

Posteriormente, el grupo Metalero Angra (uno de mis favoritos) en su album REACHING HORIZONS de 1992, introdujo un cover de la canción, en la voz del brasileño André Matos.

Por ahora, les dejo con la letra de la canción traducida al castellano y debajo su versión original. ENJOY!

Cumbres Borrascosas

Afuera en el “wiley”, páramos ventosos
Rodaríamos y caeríamos a lo verde
Tú tenías un temperamento, como mis celos
Demasiado caliente, demasiado codicioso
¿Cómo podrías dejarme?
Cuando necesito poseerte
Te odiaba, también te amaba

Pesadillas en la noche
Me decían que iba a perder la pelea
Dejar atrás mis borrascosas, borrascosas
Cumbres borrascosas

Heathcliff, soy yo, Cathy vuelve a casa
Tengo tanto frío, permíteme acercarme a tu ventana

Oh, se ha puesto tan oscuro, tan solitario
Del otro lado de ti
Me aflijo, encuentro la suerte
Me caigo sin ti
Estoy volviendo en el amor, cruel Heathcliff
Mi único sueño, mi único amo

Por mucho tiempo he vagado en la noche
Estoy volviendo a su lado para estar bien
Estoy volviendo a casa a las borrascosas, borrascosas
Cumbres borrascosas

Heathcliff, soy yo, Cathy vuelve a casa
Tengo tanto frío, permíteme acercarme a tu ventana

Oh, déjame tenerla, déjame arrebatarte el alma
Oh, déjame tenerla, déjame arrebatarte el alma
Sabes que soy yo, Cathy
Heathcliff, soy yo, Cathy vuelve a casa
Tengo tanto frío, permíteme acercarme a tu ventana


Wuthering Heights

Out on the wiley, windy moors
We'd roll and fall in green.
You had a temper like my jealousy:
Too hot, too greedy.
How could you leave me,
When I needed to possess you?
I hated you. I loved you, too.

Bad dreams in the night
You told me I was going to lose the fight,
Leave behind my wuthering, wuthering
Wuthering Heights.

Heathcliff, it's me, your Cathy, I've come home. I´m so cold,
let me in-a-your window

Heathcliff, it's me, your Cathy, I've come home. I´m so cold,
let me in-a-your window.

Ooh, it gets dark! It gets lonely,
On the other side from you.
I pine a lot. I find the lot
Falls through without you.
I'm coming back, love,
Cruel Heathcliff, my one dream,
My only master.

Too long I roamed in the night.
I'm coming back to his side, to put it right.
I'm coming home to wuthering, wuthering,
Wuthering Heights,

Heathcliff, it's me, your Cathy, I've come home. I'm so cold,
let me in-a-your window.

Heathcliff, it's me, your Cathy, I've come home. I'm so cold,
let me in-a-your window.

Ooh! Let me have it.
Let me grab your soul away.
Ooh! Let me have it.
Let me grab your soul away.
You know it's me--Cathy!

Heathcliff, it's me, your Cathy, I've come home. I´m so cold,
let me in-a-your window
Heathcliff, it's me, Cathy, I've come home. I´m so cold,
let me in-a-your window.

Heathcliff, it's me, your Cathy, I've come home. I'm so cold.


Aug 1, 2007

Poema de los dones

Borges escribió este poema cuando acababa de perder la vista y recibió el cargo de Director de la Biblioteca Nacional de Argentina (1955, por designación del Gobierno de la Revolución Libertadora). Aquí, Borges hace mención al más ilustre de mis antecesores (en palabras de Borges): Groussac, porque, como sabrán (yo no lo sabía), Groussac fue ciego también, y también fue director de una Biblioteca. Bueno, ahí les dejo el Poema de los dones.


Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.

Jul 3, 2007

Diario de la Guerra del Cerdo


Les dejo con un capítulo de esta obra de Adolfo Bioy Casares. Enjoy!!!

Diario de la Guerra del Cerdo
[...]

XVIII

LOS amigos, reunidos en el comedor de la casa de Néstor, alrededor de una estufa de querosén, conversaban animadamente y fumaban. Sobre la estufa había una cacerola con agua y hojas de eucaliptos. El reloj de la pared seguía detenido en las doce. Jimi leía en voz alta un diario. Todos callaron para recibir a los que llegaban. Alguien sacudió la cabeza y Rey preguntó melancólicamente:

—¿Qué me dices?

Vidal notó que Arévalo tenía un traje nuevo. Reflexionó: “Sin caspa. Acicalado. Voy a comentar esto con Jimi. Es un misterio”. Se acordó de Néstor y preguntó:

—¿Cómo fue?

—Todavía no disponemos de elementos de juicio —respondió con empaque Rey.

—Ese charlatán de hijo no debió prestarse —afirmó Jimi.

—¿Qué dicen? —preguntó Dante.

—Sois testigos de que yo hice cuánto pude por disuadirle —declaró Rey—. Le llamé suicida. Arévalo observó:

—El pobre creía que si iba con el hijo no le pasaba nada.

—Yo le llamé suicida —repitió Rey.

—Pobre muchacho —comentó Vidal—. ¡Qué cargo de conciencia!

—No creo que le quite el sueño —opinó Jimi.

—¿De quién hablan? —preguntó Dante.

Rey contestó:

—Yo le llamé suicida.

Entró un señor calvo, plácido, voluminoso, de manos enormes, brillosas y aparentemente secas, de voz débil, suave. Explicaron que era un pariente de Néstor o de doña Regina.

Cuando nombraron a la señora, Vidal preguntó:

—¿Dónde está?

Rey contestó majestuosamente:

—En sus aposentos.

—¿Puedo saludarla? —preguntó Vidal.

—La vecina la está acompañando—dijo Dante.

Vidal insistió:

—¿Puedo saludarla?

—Dejala —aconsejó Jimi, con impaciencia—. Total nunca la viste.

—¿Qué leías? —preguntó Vidal.

Llegaron dos muchachos. Uno, en pleno desarrollo, estrecho, con la cara cubierta de granos. El otro, de escasa estatura, de cabeza muy redonda y ojos protuberantes que parecían mirar desde abajo, con mal reprimida curiosidad. Los muchachos saludaron de lejos, con nerviosos movimientos de cabeza, y se sentaron en el otro extremo del salón. “En el extremo frío” pensó Vidal. “Por suerte los viejos nos adueñamos del calentador. El olor combinado de eucalipto y querosén es olor a resfrío”. Se acordó de Néstor.

—¿Ves? —Jimi señaló a los jóvenes—. Esos tipos no me gustan.

—¿Qué leías?

—En Ultima Hora, el recuadro sobre La guerra al cerdo.

—¿La guerra al cerdo? —repitió Vidal.

—Yo pregunto —dijo Arévalo— ¿por qué al cerdo?

—Ese al me parece incorrecto —opinó Rey.

—No, hombre —protestó Arévalo—. Pregunto por qué ponen cerdo. Este pueblo no es consecuente en nada, ni siquiera en el uso de las palabras. Siempre dijimos chancho.

—Basta el capricho de un periodista y todo el país hablará de la guerra al cerdo —señaló Rey.

—No creas —advirtió Dante—. Crítica la llama Cacería de búhos.

—El búho me parece mejor. Es el símbolo de la filosofía —declaró Arévalo.

—Pero confiesen —dijo Jimi, señalando a Arévalo y a Rey— que ustedes dos prefieren que los llamen chanchos.

Se rieron. Apareció la vecina, con una bandeja y tacitas de café. Los reprendió:

—Compostura, señores. Olvidan que hay un difunto en la casa.

—¿Ya lo trajeron? —preguntó Vidal.

—Todavía no, pero es lo mismo —contestó la mujer—. ¿Gusta?

—Qué barbaridad —dijo Dante—. Lo trajeron y nosotros como si nada. Mientras revolvía el café, Vidal preguntó a Jimi:

—Bueno, pero, ¿por qué búhos o chanchos?

—Vaya uno a saber.

—¿De dónde sacaron la idea? Dicen que los viejos —explicó Arévalo— son egoístas, materialistas, voraces, roñosos. Unos verdaderos chanchos.

—Tienen bastante razón —apuntó Jimi.

Dante le previno:

—Vamos a ver qué pensás cuando te agarren.

—Salí de ahí —contestó Jimi—. Yo no soy viejo. Todos me aseguran que estoy en la flor de la edad.

—Eso también me lo dicen a mí — aseguró Rey.

—Yo estoy cansado de oírlo — dijo Dante.

—No es igual — protestó, irritado, Jimi.

—Por algo los esquimales o lapones llevan a los viejos al campo para que se mueran de frío —dijo Arévalo—. Solamente con argumentos sentimentales puede uno defender a los viejos: lo que hicieron por nosotros, ellos tienen también un corazón y sufren, etcétera.

Jimi, que de nuevo se divertía, observó:

—Menos mal que los jóvenes no lo saben, sino pobres de nosotros. Yo creo que ni siquiera los activistas de los comités de la juventud...

—Lo grave —dijo el señor de las manos enormes— es que no necesitan buenas razones. Con las que tienen, se arreglan.

Entró un hombre delgado y pequeño, de cara en punta, como empuñadura de bastón. Preguntó:

—¿Ustedes saben cómo fue?

—Les doy mi opinión —anunció Arévalo—. Detrás de esta guerra contra los viejos no hay más que argumentos sentimentales en favor de la juventud.

—¿Ustedes saben cómo fue? —repitió el recién llegado—. Parece que lo tiraron al suelo y lo pisotearon subiendo y bajando la tribuna.

—Pobre Néstor, pisoteado por esas bestias —dijo Vidal. Desde el otro extremo del salón, el muchacho alto anunció:

—Ahí llegan.

—Pues yo me voy a cuidar los intereses —declaró Eladio—. Que estemos o que no estemos, al pobre Néstor ya no le afecta, Rey avisó a los amigos:

—Me debéis unos pesos. Encargué una corona, en nombre de todos.

—O es de oro macizo o te robaron —aseguró Dante, al pagar.

—¿No te decía, Isidro —preguntó Jimi, guiñando un ojo —que están caras las coronas?
[...]

Jun 15, 2007

ALCOBAS, por Marcel Proust

Valentin Louis Georges Eugène Marcel Proust, conocido como Marcel Proust (París, 1871 – 1922), fue un escritor francés, autor de la serie de siete novelas En busca del tiempo perdido, una de las obras más destacadas e influyentes de la literatura del siglo XX.

Aquí les dejo con un escrito, incluido dentro de un documento electrónico denominado " Ensayos Literarios"


SI A VECES volvía con facilidad mientras dormía a esa edad en donde se tienen miedos y placeres que hoy no existen, la mayoría de las veces me dormía sumido en inconsciencia similar a la de la cama, los sillones y todo el cuarto. Y únicamente me despertaba durante el momento, como una pequeña porción de todo lo que dormía, en que pudiese tomar por un instante conciencia del sueño total y saborearlo, oír los crujidos del enmaderado que no se perciben, más que cuando la habitación duerme, enfocar el caleidoscopio de la oscuridad, y volver muy pronto a sumarme a esa insensibilidad de mi cama sobre la que extendía mis miembros como una viña sobre el emparrado. Durante esos breves despertares yo no era más que lo que serían una manzana o un tarro de confitura que, en la tabla en donde se los coloca, adquiriesen por un instante una vaga conciencia y que, habiendo comprobado que reina la oscuridad en el aparador y que la madera suena, no tuviesen mayor inquietud que la de volver a la deliciosa insensibilidad de otras manzanas y otros tarros de confitura.
Incluso a veces era mi sueño tan profundo, o me había cogido tan de improviso, que perdía la noción del lugar donde me encontraba. Me pregunto en ocasiones si la inmovilidad de las cosas que nos rodean no les ha sido impuesta por nuestra certidumbre de que ellas son esas cosas y no otras. Siempre sucedía que cuando me despertaba sin saber dónde estaba, todo giraba en torno mío en la oscuridad, las cosas, los países, los años.
Mi costado, demasiado entumecido aún para poder moverse, trataba de adivinar su orientación. Todas las que había tenido desde mi infancia venían sucesivamente a su memoria obnubilada, reconstruyendo a su alrededor los lugares en donde me había acostado, esos mismos lugares en los que no había vuelto a pensar desde hacía años, en los que jamás hubiera vuelto acaso a pensar hasta el último momento de mi vida, lugares sin embargo que quizá no hubiera debido olvidar. Mi costado se acordaba de la alcoba, de la puerta, del pasillo, del pensamiento con que uno encuentra el sueño, y con el que vuelve a encontrarse al despertar. La situación de la cama le hacía recordar el lugar del crucifijo, el aliento de alcoba de este dormitorio en casa de mis abuelos, en aquel entonces en que aún había alcobas y padres, un momento para cada cosa, en el que no se quería a los padres porque se les creyese inteligentes, sino porque eran los padres, en el que uno iba a acostarse, no porque lo deseara, sino porque era el momento, y en el que se revelaba la voluntad, la aceptación y todo el ceremonial del dormir ascendiendo por dos peldaños hasta la gran cama que se encerraba entre las cortinas de reps azul con franjas de terciopelo azul estampado, y cuando la medicina antigua, si se estaba enfermo, te dejaba varios días y noches con una mariposa sobre la chimenea de mármol de Siena, sin medicamentos inmorales que permitan levantarse y creer que se puede llevar la vida de un hombre de buena salud cuando se está enfermo, sudando bajo los cobertores gracias a tisanas inocentes que traen consigo las flores y la sabiduría de los prados y las viejas desde hace dos mil años. Mi costado creía yacer en aquella cama, y en seguida había vuelto a encontrar mi pensamiento de entonces, el que nos viene primero a la mente en el instante en que se distiende, ya era hora de que me levantase y de que encendiera la lámpara para aprender una lección antes de ir al colegio, si no quería sufrir un castigo.
Pero otra actitud acudía a la memoria de mi costado; mi cuerpo se volvía para tomarla, la cama había cambiado de dirección, el cuarto de forma: era esta habitación tan alta, tan estrecha, esa habitación en forma de pirámide a donde había venido a acabar mi convalecencia en Dieppe, y a cuya forma le había costado tantos esfuerzos a mi alma habituarse, las dos primeras noches, pues nuestra alma está obligada a llenar y repintar todo nuevo espacio que se le ofrece, a esparcir en ella sus perfumes, a concertar con ella sus resonancias, y hasta que eso no sucede, sé lo que puede sufrirse las primeras noches mientras nuestra alma está sola y debe aceptar el color del sillón, el tic-tac del péndulo, el olor del cubrepiés, e intentar sin conseguirlo, distendiéndose, estirándose y encogiéndose, captar la forma de una habitación en forma de pirámide. Pero si estoy en esta habitación y convaleciente, ¡mamá está acostada junto a mí! No oigo el ruido de su respiración, ni tampoco el ruido del mar... Pero mi cuerpo ha evocado ya otra postura: no está acostado sino sentado. ¿En dónde? En un sillón de mimbre en el jardín de Auteuil. No, hace demasiado calor: en el salón del club de juego de Evian, en donde habrán apagado las luces sin darse cuenta de que me había dormido... Pero las paredes se acercan, mi sillón da media vuelta y se adosa a la ventana. Estoy en mi cuarto de la quinta de Réveillon. He subido, como de costumbre, a descansar antes de la cena; me habré dormido en mi sillón; quizás haya terminado la cena.
NADIE se habría molestado por eso. Ya han transcurrido muchos años desde la época en que vivía con mis abuelos. En Réveillon no se cenaba hasta las nueve, al volver del paseo, que se iniciaba aproximadamente en el momento en que yo volvía antaño de paseos más largos. Otro placer más misterioso ha sucedido al placer de volver a la quinta cuando se destacaba contra el cielo rojo, que volvía también roja el agua de los estanques, y de leer una hora a la luz de la lámpara antes de cenar a las siete. Partíamos al caer la noche, atravesábamos la calle principal del pueblo; acá y allá una tienda iluminada desde el interior como un acuario y llena de la luz untuosa y pajiza de la lámpara, nos mostraba a través de sus vidrieras personajes prolongados por grandes sombras que se trasladaban con lentitud dentro del licor de oro, y que, ignorando que las mirábamos, ponían toda su atención en representar para nosotros las escenas luminosas y secretas de su vida corriente y fantástica.
Luego llegaba yo a los campos; en una mitad se había extinguido el ocaso, en la otra la luna brillaba ya. El claro de luna las llenaba al punto por entero. No encontrábamos más que el triángulo irregular, azulado y móvil de los corderos que volvían. Avanzaba yo como una barca que navega en solitario. En ese momento, seguido de mi estela de sombra, había cruzado, y luego dejado tras de mí, un espacio encantado. A veces me acompañaba la señora de la quinta. Pronto dejábamos atrás campos cuyos límites no alcanzaban mis más largos paseos de antes, mis paseos de la tarde; dejamos atrás aquella iglesia, aquel castillo del que nunca había conocido más que el nombre, que me parecía que no podía hallarse como no fuera en un plano del Sueño. El terreno cambiaba de aspecto, había que subir, bajar, escalar collados, y en ocasiones, al descender al misterio de un valle profundo, tapizado por el claro de luna, nos deteníamos un instante, mi compañera y yo, antes de descender a aquel cáliz opalino. La dama indiferente decía una de aquellas palabras por las que me veía de repente situado sin yo saberlo en su vida, en la que yo no habría creído que hubiera entrado para siempre, y de donde en la mañana del día en que abandonaba el castillo ya me hubiera hecho salir.
De esta forma, mi costado dispone a su alrededor alcoba tras alcoba, las de invierno, cuando se desea estar aislado del exterior, cuando se mantiene el fuego encendido toda la noche, o se conserva sobre los hombros una capa oscura y ahumada de aire caliente, atravesada por resplandores, las de verano cuando se desea estar unido a la dulzura de la naturaleza, cuando se duerme, una habitación en donde dormía yo en Bruselas y cuya forma era tan alegre, tan amplia y sin embargo tan cerrada, que se sentía uno oculto como si estuviera en un nido y libre como en todo un mundo.
Esta evocación no ha durado más que unos segundos. Todavía un instante me siento en una cama estrecha entre otras camas de la alcoba. Todavía no ha sonado el despertador y habrá que levantarse de prisa para tener tiempo de ir a beber un vaso de café con leche en la cantina antes de salir al campo, en marcha, con la música en la mente.
La noche se acababa mientras que por mi recuerdo desfilaban con lentitud las diversas alcobas entre las que mi cuerpo, dudando del lugar en que se había despertado, había vacilado antes de que mi memoria le permitiera asegurar que estaba en mi cuarto actual. Lo había reconstruido por entero e inmediatamente, pero a partir de su propia posición tan incierta había calculado mal la posición del conjunto. Había comprobado que a mi alrededor estaban aquí la cómoda, la chimenea allí y más lejos la ventana. De pronto vi, por encima del lugar que había asignado a la cómoda la luz del sol que había salido.

May 31, 2007

Miguel de Unamuno Escribe...

Miguel de Unamuno escribe…




Cómo se hace una novela



[…]
¡La Campana de Fuenterrabía! Cuando la oigo se me remejen las entrañas. Y así, como en Fuenteventura y en París me di a hacer sonetos, aquí en Hendaya, me ha dado, sobre todo, por hacer romances. Y uno de ellos a la campana de Fuenterrabía, a Fuenterrabía misma campana, que dice:
Si no has de volverme a España,
Dios de la única bondad,
si no has de acostarme en ella,
¡hágase tu voluntad!
Como en el cielo en la tierra
En la montaña y la mar,
Fuenterrabía
soñada, tu campana oigo sonar.
Es el llamado de Jaizquibel,
-sobre él pasa el huracán entraña de mi honda España,
te siento en mi palpitar.
Espejo del Bidasoa
Que vas a perderte al mar
¡Qué de ensueños te me llevas!
A Dios van a reposar.
Campana Fuenterrabía,
lengua de la eternidad,
me traes la voz redentora
de Dios, la única bondad.
¡Hazme, Señor, tu campana,
campana de tu verdad,
y la guerra de este siglo
me dé en tierra eterna paz!
Volvamos al relato.
En estas circunstancias y en tal estado de ánimo me dio la ocurrencia, hace ya algunos meses, después de haber leído la terrible Piel de zapa, de Balzac, cuyo argumento conocía y que devoré con angustia creciente, aquí en París y en el destierro, de ponerme en una novela que vendría a ser una autobiografía. Pero ¿no son acaso autobiografías todas las novelas que se eternizan y duran eternizando y haciendo durar a sus autores y a sus antagonistas? En estos días de mediados de julio de 1925 -ayer fue el 14 de julio- he leído las eternas cartas de amor que aquel otro proscrito que fue José Mazzini escribió a Judit Sidoli. Un proscrito italiano, Alcestes de Ambris, me las ha prestado; no sabe bien el servicio que con ello me ha rendido. En una de esas cartas, de octubre de 1834, Mazzini, respondiendo a su Judit que le pedía que escribiese una novela, le decía: "Me es imposible escribirla. Sabes muy bien que no podría separarme de ti y ponerme en un cuadro sin que se revelara mi amor... Y desde el momento en que pongo mi amor cerca de ti, la novela desaparece". Yo también he puesto a mi Concha, a la madre de mis hijos, que es el símbolo vivo de mi España, de mis ensueños y de mi porvenir, porque es en esos hijos en quienes he de eternizarme, yo también la he puesto expresamente en uno de mis últimos sonetos y tácitamente en todos. Y me he puesto en ellos. Y además, los repito, ¿no son, en rigor, todas las novelas que nacen vivas, autobiográficas y no es por esto por lo que se eternizan? Y que no choque mi expresión de nacer vivas, porque

a) se nace vivo,
b) se nace y se muere muerto,
c) se nace vivo para morir muerto.

[…]

[Fragmento de Cómo se hace una novela]

May 30, 2007

Un retazo sobre la literatura japonesa




Octavio Paz aborda un tema sumamente interesante dentro del ámbito literario y lógicamente cultural, en donde podemos tener, gracias a su aporte, una idea más amplia (si es que antes la teníamos, lo que consecuentemente es muy dudoso) de lo que conocíamos de la literatura japonesa, sus aportes al mundo de la literatura y sus influencias recogidas adrede para consolidarse y superarse, creando incluso algunos parámetros que Octavio Paz considera iguales y a la vez lejanos al mundo que nos rodea. A continuación, les dejo un par de fragmentos iniciales, con los cuales intentaré que busquen en la red el ensayo escrito por el mexicano Premio Nobel de 1990, y que probablemente lo realizó gracias a su cargo como diplomático.

Tres momentos de la literatura japonesa (Fragmento)
Octavio Paz

Es un lugar común decir que la primera impresión que produce cualquier contacto –aun el más distraído y casual– con la cultura del Japón es la extrañeza. Sólo que, contra lo que se piensa generalmente, este sentimiento no proviene tanto del sentirnos frente a un mundo distinto como del darnos cuenta de que estamos ante un universo autosuficiente y cerrado sobre sí mismo. Organismo al que nada le falta, como esas plantas del desierto que secretan sus propios alimentos, el Japón vive de su propia substancia. Pocos pueblos han creado un estilo de vida tan inconfundible. Y sin embargo, muchas de las instituciones japonesas son de origen extranjero. La moral y la filosofía política de Confucio, la mística de Chuang-tsé, la etiqueta y la caligrafía, la poesía de Po Chü-i y el Libro de la piedad filial, la arquitectura, la escultura y la pintura de los Tang y los Sung modelaron durante siglos a los japoneses. Gracias a esta influencia china, Japón conoció las especulaciones de Nagarjuna y otros grandes metafísicos del budismo Mahayana y las técnicas de meditación de los hindúes.
La importancia y el número de elementos chinos –o previamente pasados por el cedazo de China– no impiden sino subrayan el carácter único y singular de la cultura japonesa. Varias razones explican esta aparente anomalía. En primer término, la absorción fue muy lenta: se inicia en los primeros siglos de la era cristiana y no termina sino hasta entrada la época moderna. En segundo lugar, no se trata de una influencia sufrida sino libremente elegida. Los chinos ni llevaron su cultura al Japón; tampoco, excepto durante las abortadas invasiones mongólicas, quisieron imponerla por la fuerza: los mismos japoneses enviaron embajadores y estudiantes, monjes y mercaderes a Corea y a China para que estudiasen y comprasen libros y obras de arte o para que contratasen artesanos, maestros y filósofos. Así, la influencia exterior jamás puso en peligro el estilo de vida nacional. Y cada vez que se presentó un conflicto entre lo propio y lo ajeno se encontró una solución feliz como en el caso del budismo, que pudo convivir con el culto nativo. La admiración que siempre profesaron los japoneses a la cultura china, no los llevó a la imitación suicida ni a desnaturalizar sus propias inclinaciones. La única excepción fue, y sigue siendo, la escritura. Nada más ajeno a la índole de la lengua japonesa que el sistema ideográfico de los chinos; y aún en esto se encontró un método que combina la escritura fonética con la ideográfica y que, acaso, hace innecesaria esa reforma que predican muchos extranjeros con más apresuramiento que buen sentido.
La literatura es el ejemplo más alto de la naturalidad con que los elementos propios lograron triunfar de los modelos ajenos. La poesía, el teatro y la novela son creaciones realmente japonesas. A pesar de la influencia de los clásicos chinos, la poesía nunca perdió, ni en los momentos de mayor postración, sus características: brevedad, claridad del dibujo, mágica condensación. Puede decirse lo mismo del teatro y la novela. En cambio, la especulación filosófica, el pensamiento puro, el poema largo y la historia no parecen ser géneros propicios al genio japonés.
A principios del siglo V se introduce oficialmente la escritura sínica; un poco después, en 760, aparece la primera antología japonesa, el Manyoshu o Colección de las diez mil hojas. Se trata de una obra de rara perfección, de la que están ausentes los titubeos de una lengua que se busca. La poesía japonesa se inicia con un fruto de madurez; para encontrar acentos más espontáneos y populares habrá que esperar hasta Basho. A finales del siglo VIII la corte Imperial se traslada de Nara a Heian-Kio (la actual Kioto). Como la antigua capital, la nueva fue trazada conforme al modelo de la dinastía china entonces reinante. En la primera parte de este período se acentúa la influencia china pero desde principios del siglo X el arte y la literatura producen algunas de sus obras clásicas. Se trata de una época de excepcional brillo, sobre la que tenemos dos documentos extraordinarios: un diario y una novela. Ambos son obras de dos damas de la corte: las señoras Murasaki Shikibu y Sei
Shonagon.
Nada más alejado de nuestro mundo que el que rodeó a estas dos mujeres excepcionales. Dominada por una familia de hábiles políticos y administradores (los Fujiwara), aquella sociedad era un mundo cerrado. La corte constituía por sí misma un universo autónomo, en el que predominaban como supremos los valores estéticos y, sobre todo, los literarios. "Nunca entre gentes de exquisita cultura y despierta inteligencia tuvieron tan poca importancia los problemas intelectuales" (1). Y hay que agregar: los morales y religiosos. La vida era un espectáculo, una ceremonia, un ballet animado y gracioso. Cierto, la religión –mejor dicho: las funciones religiosas – ocupaban buena parte del tiempo de señoras y señores. Pero Sei Shonagon nos revela con naturalidad cuál era el estado de espíritu con que se asistía a los servicios budistas: "El lector de las Escrituras debe ser guapo, aunque sea sólo para que su belleza, por el placer que experimentamos al verla, mantenga viva nuestra tradición. De lo contrario, una empieza a distraerse y a pensar en otras cosas. Así, la fealdad del lector se convierte en ocasión de nuestro pecado". En realidad, la verdadera religión era la poesía y, aun, la caligrafía. Los señores se enamoraban de las damas por la elegancia de su escritura tanto como por su ingenio para versificar. El buen tono lo presidía todo: amores y ceremonias, sentimientos y actos. Sería vano juzgar con severidad esta concepción estética de la vida. Los artistas modernos sienten cierta repulsión por el "buen gusto", pero esta repugnancia no se justifica del todo. Nuestro "buen gusto" es el de una sociedad de advenedizos que se han apropiado de valores y formas que no les corresponden. El de la sociedad heiana estaba hecho de gracia natural y de espontánea distinción.

[…]

La Historia de Genji[1] no sólo es una de las más antiguas novelas del mundo, sino que, además, ha sido comparada a los grandes clásicos occidentales: Cervantes, Balzac, Jane Austen, Boccacio. En realidad, según se ha dicho varias veces, la Historia de Genji recuerda, y no sólo por su extensión y por la sociedad aristocrática que pinta, a la obra de Proust. En un pasaje Murasaki pone en boca de uno de los personajes sus ideas sobre la novela: "Este arte no consiste únicamente en narrar las aventuras de gentes ajenas al autor. Al contrario, su propia experiencia de los hombres y de las cosas, buena o mala –y no sólo lo que a él mismo le ha ocurrido sino los sucesos que ha presenciado o que le han contado–, despierta en su ser una emoción tan profunda y poderosa que lo obliga a escribir. Una y otra vez algo de su propia vida, o de la de su contorno, le parece de tal importancia que no se resigna a dejarlo hundirse en el olvido". El arte, nos dice Murasaki, es un acto personal contra el olvido; la lucha contra la muerte, raíz de todo gran arte, lleva al novelista a escribir. […]

Puede leer el extracto del primer capítulo "La historia de Genji". Traducción de Jordi Fibla (Ediciones Atalanta)
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[1] El Genji Monogatari o La novela de Genji (también La historia de Genji, El relato de Genji o El romance de Genji, según la traducción), de Murasaki Shikibu, es la novela de referencia de la literatura nipona. Es una de la primeras novelas, en sentido estricto, de la historia de la literatura. Escrita a principios del siglo XI, se anticipa nada menos que seis siglos a las obras de Shakespeare o Cervantes, autores con quien, sin duda, está a la par. La novela es una excelsa narración dividida en libros o capítulos que, según la opinión de irrefutables especialistas, es la pionera de las novelas psicológicas. Plena de sensualidad y erotismo, La novela de Genji nos sumerge en las aventuras cortesanas y amorosas de Genji, el príncipe resplandeciente, y las de sus descendients. El elegante Japón imperial Heian-Kyo sirve de marco para esta relato que abarca varias generaciones y que sumerge al lector en un orbe apasionante. [Nota del Mixionario]

May 29, 2007

Hesse: De Catecismos, fascismos, comunismos y otros...



El siguiente es un fragmento de una carta escrita por el Premio Nobel de literatura de 1946, Hermann Hesse (Alemania 1877 - 1962) que lo encontré en un documento titulado “Hermann Hesse, escritos sobre Literatura”, traducido por Genoveva y Anton Dieterich.
Fragmentos de cartas
Todas mis obras han surgido sin intenciones, sin tendencias. Pero si busco a posteriori en ellas una idea común, la encuentro evidentemente: desde «Camenzind» hasta «Der Steppenwolf» («El lobo estepario») y «Josef Knecht» pueden interpretarse todas como una defensa (a ratos también como un grito de socorro) de la persona, del individuo. El ser humano singular, único con sus herencias y posibilidades, sus cualidades e inclinaciones, es un ser frágil y delicado, que puede necesitar un defensor. Y del mismo modo que todas las grandes fuerzas están en contra suya —el Estado, la escuela, las Iglesias, las colectividades de todo tipo, los patriotas, los ortodoxos y católicos de todos los campos, sin olvidar los comunistas o fascistas—, yo, y mis libros, hemos tenido siempre a todas estas fuerzas en contra y hemos sufrido sus métodos de lucha, los correctos y los brutales y ruines. He podido constatar mil veces lo amenazado, indefenso y perseguido que está en el mundo el individuo, el independiente, y la necesidad que tiene de protección, aliento y amor. Pero al mismo tiempo he comprendido, a través de mis experiencias, que en todos los campos y en todas las comunidades, desde las cristianas hasta las comunistas y fascistas, existen muchos que a pesar de las ventajas y comodidades, no se conforman con integrarse y sufren bajo la ortodoxia. Y así, se enfrentan al rechazo y a los ataques masivos de las colectividades miles de preguntas y confesiones más o menos desconcertadas de individuos a los que mis libros (y naturalmente no sólo los míos) dan algo de calor, alivio y consuelo. Pero los individuos no siempre se sienten fortalecidos y animados, sino a menudo seducidos y confundidos, porque están acostumbrados al lenguaje de las Iglesias y losEstados, al lenguaje de las ortodoxias, de los catecismos, de los programas, a un lenguaje que no conoce la duda y que no espera ni tolera otra respuesta que la de la fe y la obediencia. Hay entre mis lectores muchos jóvenes que tras un breve entusiasmo por «Demian», por «Steppenwolf» o «Goldmund», desean volver a su catecismo o a su Marx, Lenin o Hitler. Y luego están aquellos que tras leer esos mismos libros creen que deben sustraerse a todas las afinidades y ataduras, y al hacerlo se apoyan en mí. Pero confío que habrá también otros muchos que asimilarán de nuestras obras lo que les permita su naturaleza, que aceptarán a un autor como yo, como a un defensor del individuo, del alma y de la conciencia, sin someterse a él como a un catecismo, una ortodoxia, una orden de marcha, y sin tirar por la borda los altos valores de la comunidad y de la convivencia. Porque esos lectores comprenden que no me interesa ni romper los órdenes y los lazos, sin los que es imposible una convivencia humana, ni la exaltación del individuo, sino una vida, en la que reinen amor, belleza y orden, una convivencia en la que el hombre no se convierta en un animal de rebaño, sino que pueda conservar la dignidad, la belleza y tragedia del carácter único de su vida. No dudo de que a veces me he equivocado y he cometido errores, que a veces he sido demasiado apasionado y habré desconcertado y puesto en peligro con mis palabras a algún lector joven. Pero si Usted contempla las fuerzas que en el mundo actual se oponen a que el individuo evolucione hacia la personalidad, hacia el ser total, si contempla al ser humano carente de fantasía, poco sensible, totalmente adaptado, obediente, integrado, que es el ideal de las grandes colectividades y sobre todo del Estado, no le resultará difícil tener comprensión y tolerancia con los ademanes combativos del pequeño Don Quijote contra los molinos de viento. La lucha parece inútil y absurda. A muchos hace reír. Y sin embargo, hay que luchar, y Don Quijote no tiene menos razón que los molinos de viento.(Carta, 1954).

May 2, 2007

Jorge Luis Borges: El Libro (I).



Esta lectura la pueden encontrar en Jorge Luis Borges, Obra Crítica, Volumen 1.




*EL LIBRO (I)[1]



De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación.
En César y Cleopatra de Shaw, cuando se habla de la biblioteca de Alejandría se dice que es la memoria de la humanidad. Eso es el libro y es algo más también, la imaginación. Porque, ¿qué es nuestro pasado sino una serie de sueños? ¿Qué diferencia puede haber entre recordar sueños y recordar el pasado? Esa es la función que realiza el libro.
Yo he pensado, alguna vez, escribir una historia del libro. No desde el punto de vista físico. No me interesan los libros físicamente (sobre todo los libros de los bibliófilos, que suelen ser desmesurados), sino las diversas valoraciones que el libro ha recibido. He sido anticipado por Spengler, en su Decadencia de Occidente, donde hay páginas preciosas sobre el libro. Con alguna observación personal, pienso atenerme a lo que dice Spengler.
Los antiguos no profesaban nuestro culto del libro ‑cosa que me sorprende; veían en el libro un sucedáneo de la palabra oral. Aqella frase que se cita siempre: Scripta maner verba volat, no significa que la palabra oral sea efímera, sino que la palabra escrita es algo duradero y muerto. En cambio, la palabra oral tiene algo de alado, de liviano; alado y sagrado, como dijo Platón. Todos los grandes maestros de la humanidad han sido, curiosamente, maestros orales.
Tomaremos el primer caso: Pitágoras. Sabemos que Pitágoras no escribió deliberadamente. No escribió porque no quiso atarse a una palabra escrita. Sintió, sin duda, aquello de que la letra mata y el espíritu vivifica, que vendría después en la Biblia. El debió sentir eso, no quiso atarse a una palabra escrita; por eso Aristóteles no habla nunca de Pitágoras, sino de los pitagóricos. Nos dice, por ejemplo, que los pitagóricos profesaban la creencia, el dogma, del eterno retorno, que muy tardíamente descubriría Nietzsche. Es decir, la idea del tiempo cíclico, que fue refutada por San Agustín en La ciudad de Dios. San Agustín dice con una hermosa metáfora que la cruz de Cristo nos salva del laberinto circular de los estoicos. La idea de un tiempo cíclico fue rozada también por Hume, por Blanqui... y por tantos otros.
Pitágoras no escribió voluntariamente, quería que su pensamiento viviese más allá de su muerte corporal, en la mente de sus discípulos. Aquí vino aquello de (yo no sé griego, trataré de decirlo en latín) Magister dixit (el maestro lo ha dicho). Esto no significa que estuvieran atados porque el maestro lo había dicho; por el contrario, afirma la libertad de seguir pensando el pensamiento inicial del maestro.
No sabemos si inició la doctrina del tiempo cíclico, pero sí sabemos que sus discípulos la profesaban. Pitágoras muere corporalmente y ellos, por una suerte de transmigración ‑esto le hubiera gustado a Pitágoras‑ siguen pensando y repensando su pensamiento, y cuando se les reprocha el decir algo nuevo, se refugian en aquella fórmula: el maestro lo ha dicho (Magister dixit).
Pero tenemos otros ejemplos. Tenemos el alto ejemplo de Platón, cuando dice que los libros son como efigies (puede haber estado pensando en esculturas o en cuadros), que uno cree que están vivas, pero si se les pregunta algo no contestan. Entonces, para corregir esa mudez de los libros, inventa el diálogo platónico. Es decir, Platón se multiplica en muchos personajes: Sócrates, Gorgias y los demás. También podemos pensar que Platón quería consolarse de la muerte de Sócrates pensando que Sócrates seguía viviendo. Frente a todo problema él se decía: ¿qué hubiera dicho Sócrates de esto? Así, de algún modo, fue la inmortalidad de Sócrates, quien no dejó nada escrito, y también un maestro oral. De Cristo sabemos que escribió una sola vez algunas palabras que la arena se encargó de borrar. No escribió otra cosa que sepamos. El Buda fue también un maestro oral; quedan sus prédicas. Luego tenemos una frase de San Anselmo: Poner un libro en manos de un ignorante es tan peligroso como poner una espada en manos de un niño. Se pensaba así de los libros. En todo Oriente existe aún el concepto de que un libro no debe revelar las cosas; un libro debe, simplemente, ayudarnos a descubrirlas. A pesar de mi ignorancia del hebreo, he estudiado algo de la Cábala y he leído las versiones inglesas y alemanas del Zohar (El libro del esplendor), El Séfer Yezira (El libro de las relaciones). Sé que esos libros no están escritos para ser entendidos, están hechos para ser interpretados, son acicates para que el lector siga el pensamiento. La antigüedad clásica no tuvo nuestro respeto del libro, aunque sabemos que Alejandro de Macedonia tenía bajo su almohada la Ilíada y la espada, esas dos armas. Había gran respeto por Homero, pero no se lo consideraba un escritor sagrado en el sentido que hoy le damos a la palabra. No se pensaba que la Ilíada y la Odisea fueran textos sagrados, eran libros respetados, pero también podían ser atacados.
Platón pudo desterrar a los poetas de su República sin caer en la sospecha de herejía. De estos testimonios de los antiguos contra el libro podemos agregar uno muy curioso de Séneca. En una de sus admirables epístolas a Lucilio hay una dirigida contra un individuo muy vanidoso, de quien dice que tenía una biblioteca de cien volúmenes; y quién ‑se pregunta Séneca‑ puede tener tiempo para leer cien volúmenes. Ahora, en cambio, se aprecian las bibliotecas numerosas.
En la antigüedad hay algo que nos cuesta entender, que no se parece a nuestro culto del libro. Se ve siempre en el libro a un sucedáneo de la palabra oral, pero luego llega del Oriente un concepto nuevo, del todo extraño a la antigüedad clásica: el del libro sagrado. Vamos a tomar dos ejemplos, empezando por el más tardío: los musulmanes. Estos piensan que el Corán es anterior a la creación, anterior a la lengua árabe; es uno de los atributos de Dios, no una obra de Dios; es como su misericordia o su justicia. En el Corán se habla en forma asaz misteriosa de la madre del libro. La madre del libro es un ejemplar del Corán escrito en el cielo. Vendría a ser el arquetipo platónico del Corán, y ese mismo libro ‑lo dice el Corán, ese libro está escrito en el cielo, que es atributo de Dios y anterior a la creación. Esto lo proclaman los sulems o doctores musulmanes.
Luego tenemos otros ejemplos más cercanos a nosotros: la Biblia o, más concretamente, la Torá o el Pentateuco. Se considera que esos libros fueron dictados por el Espíritu Santo. Esto es un hecho curioso: la atribución de libros de diversos autores y edades a un solo espíritu; pero en la Biblia misma se dice que el Espíritu sopla donde quiere. Los hebreos tuvieron la idea de juntar diversas obras literarias de diversas épocas y de formar con ellas un solo libro, cuyo título es Torá (Biblia en griego). Todos estos libros se atribuyen a un solo autor: el Espíritu.
A Bernard Shaw le preguntaron una vez si creía que el Espíritu Santo había escrito la Biblia. Y contestó: Todo libro que vale la pena de ser releído ha sido escrito por el Espíritu. Es decir, un libro tiene que ir más allá de la intención de su autor. La intención del autor es una pobre cosa humana, falible, pero en el libro tiene que haber más. El Quijote, por ejemplo, es más que una sátira de los libros de caballería. Es un texto absoluto en el cual no interviene, absolutamente para nada, el azar.
Pensemos en las consecuencias de esta idea. Por ejemplo, si yo digo:



Corrientes aguas, puras, cristalinas,
árboles que os estáis mirando en ellas
verde prado, de fresca sombra lleno



es evidente que los tres versos constan de once sílabas. Ha sido querido por el autor, es voluntario.
Pero, qué es eso comparado con una obra escrita por el Espíritu, qué es eso comparado con el concepto de la Divinidad que condesciende a la literatura y dicta un libro. En ese libro nada puede ser casual, todo tiene que estar justificado, tienen que estar justificadas las letras. Se entiende, por ejemplo, que el principio de la Biblia: Bereshit baraelohim comienza con una B porque eso corresponde a bendecir. Se trata de un libro en el que nada es casual, absolutamente nada. Eso nos lleva a la Cábala, nos lleva al estudio de las letras, a un libro sagrado dictado por la divinidad que viene a ser lo contrario de lo que los antiguos pensaban. Estos pensaban en la musa de modo bastante vago.
Canta, musa, la cólera de Aquiles, dice Homero al principio de la Ilíada. Ahí, la musa corresponde a la inspiración. En cambio, si se piensa en el Espíritu, se piensa en algo más concreto y más fuerte: Dios, que condesciende a la literatura. Dios, que escribe un libro; en ese libro nada es casual: ni el número de las letras ni la cantidad de sílabas de cada versículo, ni el hecho de que podamos hacer juegos de palabras con las letras, de que podamos tomar el valor numérico de las letras. Todo ha sido ya considerado.
El segundo gran concepto del libro ‑repito‑ es que pueda ser una obra divina. Quizá esté más cerca de lo que nosotros sentimos ahora que de la idea del libro que tenían los antiguos: es decir, un mero sucedáneo de la palabra oral. Luego decae la creencia en un libro sagrado y es reemplazada por otras creencias. Por aquella, por ejemplo, de que cada país está representado por un libro. Recordemos que los musulmanes denominan a los israelitas, la gente del libro; recordemos aquella frase de Heinrich Heine sobre aquella nación cuya patria era un libro: la Biblia, los judíos. Tenemos entonces un nuevo concepto, el de que cada país tiene que ser representado por un libro; en todo caso, por un autor que puede serlo de muchos libros.
Es curioso ‑no creo que esto haya sido observado hasta ahora‑ que los países hayan elegido individuos que no se parecen demasiado a ellos. Uno piensa, por ejemplo, que Inglaterra hubiera elegido al doctor Johnson como representante; pero no, Inglaterra ha elegido a Shakespeare, y Shakespeare es ‑digámoslo así‑ el menos inglés de los escritores ingleses. Lo típico de Inglaterra es el understatement, es el decir un poco menos de las cosas. En cambio, Shakespeare tendía a la hipérbole en la metáfora, y no nos sorprendería nada que Shakespeare hubiera sido italiano o judío, por ejemplo.
Otro caso es el de Alemania; un país admirable, tan fácilmente fanático, elige precisamente a un hombre tolerante, que no es fanático, y a quien no le importa demasiado el concepto de patria; elige a Goethe. Alemania está representada por Goethe.
En Francia no se ha elegido un autor, pero se tiende a Hugo. Desde luego, siento una gran admiración por Hugo, pero Hugo no es típicamente francés. Hugo es extranjero en Francia; Hugo, con esas grandes decoraciones, con esas vastas metáforas, no es típico de Francia.
Otro caso aún más curioso es el de España. España podría haber sido representada por Lope, por Calderón, por Quevedo. Pues no. España está representada por Miguel de Cervantes. Cervantes es un hombre contemporáneo de la Inquisición, pero es tolerante, es un hombre que no tiene ni las virtudes ni los vicios españoles.
Es como si cada país pensara que tiene que ser representado por alguien distinto, por alguien que puede ser, un poco, una suerte de remedio, una suerte de triaca, una suerte de contraveneno de sus defectos. Nosotros hubiéramos podido elegir el Facundo de Sarmiento, que es nuestro libro, pero no; nosotros, con nuestra historia militar, nuestra historia de espada, hemos elegido como libro la crónica de un desertor, hemos elegido el Martín Fierro, que si bien merece ser elegido como libro, ¿como pensar que nuestra historia está representada por un desertor de la conquista del desierto? Sin embargo, es así; como si cada país sintiera esa necesidad.
Sobre el libro han escrito de un modo tan brillante tantos escritores. Yo quiero referirme a unos pocos. Primero me referiré a Montaigne, que dedica uno de sus ensayos al libro. En ese ensayo hay una frase memorable: No hago nada sin alegría. Montaigne apunta a que el concepto de lectura obligatoria es un concepto falso. Dice que si él encuentra un pasaje difícil en un libro, lo deja; porque ve en la lectura una forma de felicidad.
Recuerdo que hace muchos años se realizó una encuesta sobre qué es la pintura. Le preguntaron a mi hermana Norah y contestó que la pintura es el arte de dar alegría con formas y colores. Yo diría que la literatura es también una forma de la alegría. Si leemos algo con dificultad, el autor ha fracasado. Por eso considero que un escritor como Joyce ha fracasado esencialmente, porque su obra requiere un esfuerzo.
Un libro no debe requerir un esfuerro, la felicidad no debe requerir un esfuerzo. Pienso que Montaigne tiene razón. Luego enumera los autores que le gustan. Cita a Virgilio, dice preferir las Geórgicas a la Eneida; yo prefiero la Eneida, pero eso no tiene nada que ver. Montaigne habla de los libros con pasión, pero dice que aunque los libros son una felicidad, son, sin embargo, un placer lánguido.
Emerson lo contradice ‑es el otro gran trabajo sobre los libros que existe‑. En esa conferencia, Emerson dice que una biblioteca es una especie de gabinete mágico. En ese gabinete están encantados los mejores espíritus de la humanidad, pero esperan nuestra palabra para salir de su mudez. Tenemos que abrir el libro, entonces ellos despiertan. Dice que podemos contar con la compañía de los mejores hombres que la humanidad ha producido, pero que no los buscamos y preferimos leer comentarios, críticas y no vamos a lo que ellos dicen.
Yo he sido profesor de literatura inglesa, durante veinte años, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Siempre les he dicho a mis estudiantes que tengan poca bibliografía, que no lean críticas, que lean directamente los libros; entenderán poco, quizá, pero siempre gozarán y estarán oyendo la voz de alguien. Yo diría que lo más importante de un autor es su entonación, lo más importante de un libro es la voz del autor, esa voz que llega a nosotros.
Yo he dedicado una parte de mi vida a las letras, y creo que una forma de felicidad es la lectura; otra forma de felicidad menor es la creación poética, o lo que llamamos creación, que es una mezcla de olvido y recuerdo de lo que hemos leído.
Emerson coincide con Montaigne en el hecho de que debemos leer únicamente lo que nos agrada, que un libro tiene que ser una forma de felicidad. Le debemos tanto a las letras. Yo he tratado más de releer que de leer, creo que releer es más importante que leer, salvo que para releer se necesita haber leído. Yo tengo ese culto del libro. Puedo decirlo de un modo que puede parecer patético y no quiero que sea patético; quiero que sea como una confidencia que les realizo a cada uno de ustedes; no a todos, pero sí a cada uno, porque todos es una abstracción y cada uno es verdadero.
Yo sigo jugando a no ser ciego, yo sigo comprando libros, yo sigo llenando mi casa de libros. Los otros días me regalaron una edición del año 1966 de la Enciclopedia de Brokhause. Yo sentí la presencia de ese libro en mi casa, la sentí como una suerte de felicidad. Ahí estaban los veintitantos volúmenes con una letra gótica que no puedo leer, con los mapas y grabados que no puedo ver; y sin embargo, el libro estaba ahí. Yo sentía como una gravitación amistosa del libro. Pienso que el libro es una de las posibilidades de felicidad que tenemos los hombres.
Se habla de la desaparición del libro; yo creo que es imposible. Se dirá qué diferencia puede haber entre un libro y un periódico o un disco. La diferencia es que un periódico se lee para el olvido, un disco se oye asimismo para el olvido, es algo mecánico y por lo tanto frívolo. Un libro se lee para la memoria.
El concepto de un libro sagrado, del Corán o de la Biblia, o de los Vedas ‑donde también se expresa que los Vedas crean el mundo‑, puede haber pasado, pero el libro tiene todavía cierta santidad que debemos tratar de no perder. Tomar un libro y abrirlo guarda la posibilidad del hecho estético. ¿Qué son las palabras acostadas en un libro? ¿Qué son esos símbolos muertos? Nada absolutamente. ¿Qué es un libro si no lo abrimos? Es simplemente un cubo de papel y cuero, con hojas; pero si lo leemos ocurre algo raro, creo que cambia cada vez.
Heráclito dijo (lo he repetido demasiadas veces) que nadie baja dos veces al mismo río. Nadie baja dos veces al mismo río porque las aguas cambian, pero lo más terrible es que nosotros somos no menos fluidos que el río. Cada vez que leemos un libro, el libro ha cambiado, la connotación de las palabras es otra. Además, los libros están cargados de pasado.
He hablado en contra de la crítica y voy a desdecirme (pero qué importa desdecirme). Hamlet no es exactamente el Hamlet que Shakespeare concibió a principios del sigio XVII, Hamlet es el Hamlet de Coleridge, de Goethe y de Bradley. Hamlet ha sido renacido. Lo mismo pasa con el Quijote. Igual sucede con Lugones y Martínez Estrada, el Martín Fierro no es el mismo. Los lectores han ido enriqueciendo el libro.
Si leemos un libro antiguo es como si leyéramos todo el tiempo que ha transcurrido desde el día en que fue escrito y nosotros. Por eso conviene mantener el culto del libro. El libro puede estar lleno de erratas, podemos no estar de acuerdo con las opiniones del autor, pero todavía conserva algo sagrado, algo divino, no con respeto superticioso, pero sí con el deseo de encontrar felicidad, de encontrar sabiduría.
Eso es lo que quería decirles hoy.



[1] 24 de mayo de 1978. En Borges oral, 1980.

La Habana Negra, la primera de Georgina Jiménez




Esto suena interesante.
La mafia y la magia negra tienen un espacio importante en la vida de los cubanos de los años 20, pero tuvo su mayor impacto cuando ocurrió un hecho violento tocó a una clase social que vivía en la opulencia. Este incidente real que, la escritora cubana Georgina Jiménez recuerda con exactitud, es relatado en su primera novela 'Habana negra' en la que no sólo habla de este suceso sino también de la vida más íntima de la capital de Cuba.'Todos en La Habana hablaban de lo que sucedió y, aunque a mí no me permitían opinar, me marcó porque fue algo muy trascendental', expresó Jiménez. Este hecho ocupó por mucho tiempo las primeras páginas de los periódicos tanto en Cuba como en Estados Unidos y fue fuente inspiración para el cantautor puertorriqueño, Daniel Santos, quien escribió su famoso 'Bolero de Patricia', dedicado a una de las protagonistas de este polémico incidente.Los nombres de los protagonistas reales son modificados en su libro, por tanto, Caridad, Richard Davis y Sidney Logan son algunos de los personajes que protagonizan con pasión y erotismo una realidad bajo otras identidades. La historia tiene su punto más controvertido cuando Caridad --una rumbera de La Habana-- escoge la magia negra para conseguir su objetivo con respecto a estos dos norteamericanos que residían en la isla.Pero la historia va más allá y se escurre por los elementos más íntimos de la vida cotidiana de la capital cubana.
'En este libro describo a La Habana exacta de los años 20 y de los años 40, esa ciudad de la bonanza gracias a la 'danza de los millones' provocado por el alza de los precios del azúcar, pero con una clave exotérica', indicó.Esto es producto de una intensa labor de investigación por parte de la escritora de 66 años. Por tanto, algunas anécdotas propias de la historia de Cuba son relatadas con exactitud como las vivencias del tenor Enrico Caruso durante su estancia en esta nación del Caribe y lo que vivió 'Lucky' Luciano, el gran jefe de la mafia, mientras se escondía en La Habana hasta ser atrapado por los norteamericanos.LA HABANA DE AHORAJiménez asegura que, pese a los cambios de época y a las situaciones vividas, La Habana 'sigue siendo la misma' manteniendo ese 'gusto por la vida' y siendo 'indescifrable como siempre'. Así, acotó que la santería y el esoterismo sigue siendo parte de la columna vertebral de muchos cubanos. 'Hay quienes acuden a estas cosas para decidir cualquier cosa en su vida y eso es parte importante de la cultura cubana', señaló.Por tanto, considera que es importante que cuando se produzca una transición cuando muera el jefe de Estado cubano, Fidel Castro, es indispensable que se tenga en cuenta que 'son los propios cubanos los que deben decidir' y que no debe haber la intervención de ninguna otra fuerza. 'Lo que sucederá es asunto de todos los cubanos y debe ser asumido por ellos', indicó.Georgina Jiménez fue profesora de historia y filosofía en la Universidad de La Habana. Ha trabajado también como periodista en temas educativos. 'Habana negra' es su primer libro y, actualmente, escribe su segunda novela bajo la inspiración de la ciudad que la vio nacer y con la cual se siente plenamente identificada.
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